Lunes 11 Diciembre 2017

Trump presidente: Claves para el triunfo y ¿es EEUU un reflejo del Brexit y Colombia?

Tras imponerse a su rival demócrata Hillary Clinton, Donald Trump ha ganado la larga y tensa batalla por la presidencia de Estados Unidos.

Tras imponerse a su rival demócrata Hillary Clinton, Donald Trump ha ganado la larga y tensa batalla por la presidencia de Estados Unidos. Qué le depara al mundo la reciente elección de los estadounidenses y cómo cambiará la política de Washington son las principales preguntas que deja el resultado de esta jornada electoral.

Las 7 claves de la estrategia ganadora de Trump

Semana

El magnate ganó gracias a una guerra comunicacional en la que mezcló con habilidad el odio, la desinformación y una cuidadosa puesta en escena electoral.

Todas las encuestas lo daban como perdedor. Solo un periódico lo apoyó. Su partido le dio la espalda. Y, sin embargo, Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos gracias a cuestionables movidas que cambiaron radicalmente el escenario electoral.

  1. Culpar a los inmigrantes. Desde el primer día de su campaña, Donald Trump señaló la inmigración mexicana como uno de los grandes demonios de la sociedad estadounidense. Ellos "traen drogas, crimen, son violadores”, dijo el día que lanzó su campaña. Desde entonces, en todos sus mítines insistió en que iba a construir un muro para tenerlos a raya. Como ocurrió con el brexit en Gran Bretaña, los convirtió en los culpables de todos los males.
    Idealizar el pasado. El lema de campaña de Donald Trump (Make America Great Again, Hacer que Estados Unidos sea poderoso de nuevo) se conectó con una buena parte de los votantes, en particular con los blancos de las zonas industriales. Para ellos, el multiculturalismo y el liberalismo de los últimos años son una señal de decadencia con respecto a la época dorada de sus abuelos. Según una encuesta del Public Religion Research Institute, dos de tres electores de Trump preferían la cultura de los años cincuenta que la actual.
  2. Utilizar a los medios de comunicación. Aunque solo un periódico apoyó a Donald Trump y a que muchos diarios conservadores invitaron a votar por Hillary, lo cierto es que el magnate fue de lejos el candidato que mayor cubrimiento tuvo durante todas las elecciones. Y aunque muchas notas de prensa tenían un tono negativo, al acaparar la agenda informativa el magnate dejó sin espacio a sus contrincantes y convirtió la campaña en un concurso sobre su personalidad.
  3. Satanizar al ‘establishment’. La campaña de Trump entendió desde un primer momento que el hastío con la clase política entre los votantes era mucho más amplio de lo que muchos se temían. En cada uno de sus discursos, fustigó a la clase política y concentró sus críticas contra Hillary Clinton en ese punto. Aunque la candidata demócrata buscó proyectar una imagen de renovación, el magnate logró que calara el mote de ‘Crooked Hillary’ (Hillary la torcida).
  4. Atacar la corrección política. Durante los 14 meses que duró la campaña, Trump utilizó el racismo y la misoginia para atacar a sus contrincantes. Aunque su mensaje de odio era evidente, sus electores vieron en él a un tipo que ‘habla sin pelos en la lengua’ y ‘dice lo que todo el mundo piensa’. Los exabruptos de Trump llegaron al punto que a principios de enero dijo: “Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”.
  5. Promocionar su marca. Si bien Donald Trump no tiene ninguna experiencia como político, gracias a sus habilidades como hombre de negocios, el magnate supo crear en esta campaña un enorme entusiasmo entorno a su personalidad, sus frases, sus propiedades, su sentido del humor, sus ‘milagros’ como hombre de negocios. Pensaran lo que pensaran sus detractores, el magnate supo aparecer como un mesías para sus seguidores.
    Ignorar las encuestas. Durante la mayor parte de la campaña, los sondeos le dieron una amplia ventaja a la candidata demócrata. Sin embargo, como lo demostraron el brexit y el plebiscito colombiano, los sondeos no han logrado a adaptarse al mundo de las redes sociales y los descaches se han convertido en la norma. Pocos minutos antes de que se cerraran los puestos de votación, The New York Times le daba a Hillary un 85 % de probabilidades de ganar. Entre las 8:00 y las 10:00 de la noche, con la suerte ya echada, se invirtió completamente ese pronóstico.

El mundo es de derechas (amanecer pesimista)

“Brexit”, el plebiscito y Trump. El mundo es conservador, retrógrado, racista, sexista, islamófobo. Y Estados Unidos es solo un buen reflejo de lo que pasa en el mundo

Por: Víctor de Currea-Lugo

Como en un viejo chiste, podemos preguntar ¿en qué se parecen un votante promedio inglés, uno colombiano y uno estadounidense? En que los tres se autosuicidan. Votan por la opción más retrógrada (o menos progresista) del panorama político y lo hace con cierta convicción y aún con más orgullo.

No se trata simplemente de una travesura de los ingleses que para hacer rabiar a sus vecinos del sur decidieron votar No; tampoco de los cristianos colombianos asustados por la “ideología de género”, ni solamente que los nativos estadounidenses de la “América profunda” desenfundaran el voto a favor del arrogante más rico del Oeste (o del rico más arrogante). El problema no es de 2016; es el error de siempre: el mundo es de derechas y, a veces, de la peor de las derechas.

Por ejemplo, los parlamentos holandés y el francés se llenan de xenófobos que, en sus campañas políticas, llaman a la expulsión de los extranjeros; el Partido Popular español sigue en el poder a pesar de las evidencias de corrupción en su contra; Le Pen y otros similares en Austria y Dinamarca ascienden en las encuestas europeas gracias a sus consignas nacionalistas; Fujimori fue reelegido en un Perú descuadernado a pesar de las pruebas en su contra de corrupción y violación sistemática de derechos humanos; las antes masas soviéticas (ahora rusas) apoyan a Vladimir Putin a pesar de su comportamiento mafioso; el italiano Berlusconi repitió una y otra vez, entre escándalos de todo tipo; George Bush hijo fue reelegido a pesar de conducir a su propio país a una nueva guerra, Ariel Sharón, el genocida de palestinos, no cayó en las encuestas en una sociedad sedienta de sangre; México… no hay palabras para definir la “democracia perfecta” (por no decir la dictadura perfecta).

Oriente Medio no es la excepción: asesinos de sus pueblos siguen teniendo apoyos populares: en Siria, un presidente criminal usa armas químicas contra su pueblo y un sector de la población lo sigue apoyando; el revanchismo de chiíes y de kurdos iraquíes supera el deseo de justicia y se mezclan en un gobierno que tiene de todo menos de demócrata; Gadafi era adorado por unas masas libias enajenadas (y por una izquierda igual de enajenada) que lo creían un iluminado; lo mismo se podría decir de Mugabe en Zimbawe, Ben-Ali en Túnez, Omar Al-Bashir en Sudán. En Egipto, la gente apoyó al golpista del Al-Sisi que masacró a miles de opositores en pleno centro de la capital; y el turco Erdogán desató una cacería de brujas posintentona de golpe, con el apoyo de las masas que salieron a la calle a “defender la democracia” gritando consignas propias del radicalismo islámico.

En nuestra pequeña finca, Colombia, los apellidos Santos, Pastrana, Lleras, López, se repiten en el espectro político, un día en la presidencia de un partido de oposición y el día siguiente en el Ministerio del Trabajo; lo wayuu salen a votar, en las elecciones para gobernador de La Guajira, en carros numerados por quienes viven bien gracias a la muerte de sus hijos; y se niega sin ninguna vergüenza un genocidio político (el de la UP) sin que eso genere molestia alguna en la sociedad.

No, no es el brexit, el plebiscito colombiano ni el candidato Donald Trump el problema: es una especie que busca la peor de las opciones y se regodea en ellas. Con razón hubo un Hitler, un Stalin, un Napoleón. El mundo es de derechas, conservador, retrógrado, racista, sexista, islamófobo. Y Estados Unidos es solo un buen reflejo de lo que pasa en el mundo.

Tal vez la culpa es de nosotros, por imaginarnos un ser humano racional y decente, del tamaño de nuestros sueños y no ver la realidad. La modernidad sigue siendo una promesa incumplida y, de esa manera, la democracia es simplemente una trampa.

D. Clinton no es tampoco de izquierda porque enfrente a Trump, como no lo es Santos aunque hable de paz; que ellos sean la “esperanza” solo ratifica lo mal que estamos.

viaradio

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