La Cuarta Via

El corregimiento de Cascajal llegó a sus 243 años de su refundación

En la Cuarta Vía

Por Francisco Javier Flórez Bolívar

A mi primo Francisco Turizo Jiménez, hombre de letras, amante de la vida y, por supuesto, un enamorado de Cascajal.

Un 24 de octubre, hace 243 años, el  militar español Antonio de la Torre y Miranda refundó a Cascajal. Cuatro años antes, según consta en documentos recuperados por la historiadora Pilar Moreno de Ángel, el territorio con el que se encontró De la Torre y Miranda ya había sido visitado por un obispo de apellido Peredo. El religioso consignó en su reporte a las autoridades españolas que Cascajal era una feligresía de libres, compuesta por 131 familias cuyos integrantes en total sumaban 555 personas. De la Torre y Miranda, tras su visita el 24 de octubre de 1776, diría que la población había aumentado en 109 personas más, y que de ellas 16 estaban sometidas a condición de esclavitud.

El paso de feligresía a corregimiento ocurrió en 1918 cuando Cascajal asumió ese estatus como parte del municipio de Magangué, un puerto fluvial que a mediados del siglo XIX se hizo famoso a nivel nacional por sus ferias ganaderas. Durante la primera mitad del XX, época en las que el puerto aún se mantenía vibrante, Magangué se caracterizó por su activa vida comercial y por tener una profusa circulación de prensa. Hacia los años treinta, cuando Cascajal contaba con cerca de 1900 habitantes, algunos de ellos se habían contagiado de esa devoción por la edición de revistas y periódicos. Por ejemplo, un hijo de la matrona Olimpa Guerra (Virgilio Turizo), como lo registró la Gaceta Departamental de Bolívar en 1934, editaba el periódico Pluma Nueva. 

La capacidad para unir ideas de Turizo tal vez provenía de la habilidad de sus mayores para tejer atarrayas y sombreros o arar la tierra. Un significativo número de habitantes de Cascajal, un territorio bañado por un cuerpo de ciénagas que hacen parte del complejo cenagoso conocido como Cascaloa, históricamente, han subsistido gracias a la elaboración de las atarrayas. Los pescadores suelen tejerlas en el día y las lanzan de noche, con la esperanza de pescar un bocachico, una arenca o una mojarra en algunos de los cuerpos de aguas (Puerto Grande, Puerto Chiquito, El Tamarindo, Las Tres Palmas, El Purgatorio, Ciénaga Grande) que rodean al pueblo. Tal vez, el arte de trenzar ideas lo heredaron de las cientos de artesanas que a partir de trenzas tejidas con palma sará elaboraban (y aún elaboran) sombreros. O quizá la habilidad para poner a dialogar palabras proviene de la facilidad con la que los campesinos, con azadón y paladraga en mano, ágilmente aúnan esfuerzos para hacer parir la tierra.

Algunos de los hijos de estos ingeniosos campesinos, artesanas y pescadores, entre los años cincuenta y ochenta del siglo XX, culminaron con éxito su formación de bachilleres en Magangué, ingresaron a las normales de Mompox y Pamplona, y unos pocos se desplazaron a adelantar sus estudios profesionales en Cartagena, Barranquilla y Tunja. Con el tiempo, por la excepcionalidad de los logros, nos acostumbramos a escuchar las historias de Guillermo Caez Turizo, bachiller del Liceo Celedon y odontólogo de profesión. Su primo, Angél Caez, hizo lo propio al estudiar Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja. Marcelo Jiménez, junto a Manuel Posada, quienes también estudiaron en Tunja, alcanzaron notoriedad al interior de algunos campesinos que les escucharon hablar de Por ahí es la cosa, libro sobre la violencia en Colombia, en el que el sociólogo Orlando Fals Borda ya daba muestras de sus capacidades interpretativas de la realidad colombiana.

Las andanzas del hijo de la rezandera Ana María Turizo y del carpintero José Trinidad Turizo, Francisco, también se escuchaban cada vez que regresaba de vacaciones de la Universidad del Atlántico, donde estudió Filología e Idiomas. Las más conocidas de todas estas historias excepcionalmente relevantes, por la figuración política que alcanzaron, fueron las  de José Napoleón Posada y Adalberto Jiménez. El primero, abogado de formación, alcanzó representación en la Asamblea Departamental de Bolívar y en el Congreso de la República, mientras el último, también  abogado, fue nombrado alcalde de Magangué en los años 70. 

Lo excepcional, afortunadamente, pronto se volvió rutinario. Vecinos como Fernando Posada, hijo de la artesana Estalides Turizo, al igual que conocidos como Martin Correa, perteneciente a una familia liderada por el músico Leovigildo Correa, mostraron que estudiar medicina en la Universidad de Cartagena era posible con disciplina y sacrificio. Mi tío Rubén Flórez, tras estudiar economía en la Universidad del Magdalena, se hizo docente de esta institución. Como si estuviera labrando uno de los muchos terrenos en los que trabajó mi abuelo paterno, Felipe Santiago, mi tío marcó un sendero al que mis hermanos y yo nos aferramos.

La generación a la que mis hermanos y yo pertenecimos fue afortunada en medio de las pocas posibilidades que una zona rural como Cascajal podía brindar. Líderes como Eliecer Jiménez y Ciro Martin Arrieta, a partir de revistas y panfletos, inundaban las calles de Cascajal de palabras que denunciaban el gamonalismo y el clientelismo imperante. Contábamos ya con una institución de secundaria, en la que profesores como Marcelo Jiménez, Miguel Alcázar, Martin Baldovino y Jorge Miguel Centeno Méndez (el más aventajado de todos) comprendieron que la tabla de salvación de nuestro pueblo estaba en su proyecto educativo. La modesta biblioteca que poseíamos, administrada por el diligente Emanuel Jiménez, al tiempo que nos permitía conocer otras realidades a través de libros, evitaba que nos dejáramos seducir por los cantos de sirena de la guerra. La formación educativa y el espíritu crítico, para esa generación de los años 80 y 90, era la única arma posible de empuñar. Esta generación ya no solo pasaba en las universidades, sino que sus nombres -por lo general- aparecieron en los cuadros de honor de los programas de la Universidad de Cartagena, Universidad Atlántico, Universidad del Magdalena, entre otras. 

Este admirable y sostenido proceso de progreso ha experimentado tropiezos en las dos últimas décadas. La mezquina visión política de los alcaldes de Magangué hizo que la pequeña biblioteca con la que contábamos desapareciera hace más de una década. Los estudiantes del antiguo Instituto de Bachillerato de Cascajal (IBC), ahora Instituto Técnico Acuícola de Cascajal, según los resultados de las pruebas Saber, ha tenido altibajos en su rendimiento académico. Son pocos los bachilleres que, tras culminar sus estudios en Cascajal, obtienen cupos en las universidades públicas del país.

De ser un pueblo reconocido por la labor de sus artesanas y las capacidades académicas de sus habitantes, pasamos a ocupar, hace un par de años, las primeras páginas de los periódicos y noticieros por un horrendo crimen de dos inocentes mujeres a manos de varios habitantes de la población. La ostentación, siempre vulgar, se ha convertido en el proyecto de vida de algunos profesionales que, a como dé lugar, quieren llegar a figurar en una comunidad en la que escasean los recursos económicos, pero en la que abundan la solidaridad, la amistad y los lazos comunitarios.

El proyecto educativo que habíamos logrado como comunidad nuevamente se ha convertido en logros individuales. Algunos soñadores hemos cursado (o están cursando) estudios de posgrado en el exterior o a nivel nacional, pero, como enseña la historia, las excepcionalidades sólo sirven para obnubilar a los cazadores de glorias efímeras. Para quienes somos conscientes del tamaño de los problemas que enfrentan nuestras comunidades, la única vía de solución pasa por respuestas colectivas.

Es hora de mirar al pasado, para comprender nuestro presente y proyectar el futuro. Este triple salto, aunque complicado, es lo que puede liberarnos del cuadro negativo que nos ha acompañado últimamente en materia de progreso. Hay que crear las posibilidades y las condiciones para retomar, con innovaciones, el camino que marcaron nuestros mayores. La formación educativa de calidad, como lo fue en el pasado, debe ser nuestro norte.

Hay que comprender que los 41 corregimientos que posee el otrora vibrante puerto de Magangué y la deuda cercana a los 16 mil millones de pesos que lo agobian desde hace años, difícilmente, facilitaran el progreso de Cascajal y de corregimientos como San Rafael de Cortina, Ceibal, Pascuala, Betania, entre otros. Quizá, a 243 años de su refundación, Cascajal debe discutir si parte de la superación de sus problemas pasa por dejar de ser un corregimiento de Magangué y disputar el estatus de municipio.

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