La Cuarta Via

El magangueleño Pedro Badrán revela quién está detrás de los crímenes de provincia

En la Cuarta Vía

* “Hay una geografía muy precisa en esta novela e incluso datos históricos o personajes que podrían identificarse con Magangué y con las tierras remotas del sur de Bolívar. Pero la ficción ha modificado estas realidades y yo prefiero hablar de Puerto E”.

“Tal como decía mi madre, Horacio y yo teníamos un brillante porvenir. El futuro de Horacio, sin embargo, acabó aquella mañana del tres de febrero. En el mismo hospital donde trabajábamos, me entregaron su cadáver. Yo estaba de turno y entonces vi sus labios púrpuras, casi sonrientes, sus ojos abiertos, ligeramente aguados. Los muertos jóvenes conservan la estampa de su plenitud, eterna quizás, pues ni siquiera el tiempo puede borrarla. Ahora que escribo estas líneas, recuerdo su figura final, la grieta sangrienta en el parietal derecho, la mancha que crecía y se detuvo seca en la mejilla, la fatal herida en el cuello, otra más en el abdomen. Y, aun así, destrozado, seguía siendo bello”.

Horacio Maldonado y Rodolfo Cuesta –quien relata el pasaje anterior– los protagonistas de la novela ‘Crímenes de provincia’, como lo cuenta su creador Pedro Badrán, son amigos de infancia. Crecieron juntos, estudiaron medicina y establecieron un vínculo muy fuerte entre ellos, una hermandad que explica la necesidad del narrador de saber quién mató a su amigo. De una u otra manera, ambos son víctimas de una poderosa fuerza representada en un oscuro gamonal que es a la vez el padre de Horacio y el protector de Rodolfo.

El autor recuerda que la génesis de esta nueva novela se remonta a un crimen del que fue testigo en su adolescencia. “La novela ha viajado conmigo durante todos estos años, pero solo comencé a escribirla en el tiempo de la pandemia. Entonces pude encerrarme y trabajar con mucha intensidad y algo de placer”. En especial porque esa sensación de encierro y existencialismo que retó a la humanidad, por cuenta del covid-19, le permitió a Badrán, prácticamente, “vivir” como una película las escenas y sus personajes.

“Quizás ‘viví’ esta novela porque respiraba un aire muy sensible y crucial mientras la escribía, pensaba que no podía morirme sin escribir esta historia. Entonces fue un ejercicio de búsqueda a través de los sentidos. Los recuerdos aparecían de manera nítida y la muerte estaba siempre presente. De alguna manera me desdoblé en estos personajes”, comenta.

Esta es la historia de un crimen extraño, de esos que todos los días ocurren en los lejanos pueblos de Colombia sin llegar a ser reseñados por los medios, que en este caso pasa en Puerto E., un lugar ribereño imaginario de la costa Caribe. Y, ¡claro!, cuya autoría se atribuye a tentáculos oscuros de los políticos de la región. Allá donde esta parece ser la única autoridad que impone las reglas de juego reales, más allá del Estado.

En ‘Crímenes de provincia’ confluyen muchas de las fichas que permiten armar el ‘rompecabezas’ literario del escritor nacido en 1960 en Magangué (Bolívar), quien ha través de la novela negra, ha ido contando, en clave narrativa, la tradición violenta de nuestro país.

Así dan cuenta otras de su obras como ‘El día de la mudanza’, con la que ganó el Premio Nacional de Novela Breve en el año 2000, ‘Un cadáver en la mesa es mala educación’ (2003), que lo hizo merecedor a una beca de escritura otorgada por la Alcaldía de París; ‘Hotel bellavista y otros cuentos del mar’ (2000) o ‘Margarita entre los cerdos’ (2017).

Badrán tiene una especial sensibilidad para darle siempre una ‘vuelta de tuerca’ al género detectivesco, que quiere y en el que navega con gran destreza. Sus historias la mayoría de las veces tiene como telón de fondo a esa Colombia en la que –como él dice– los crímenes pocas veces se resuelven. Un reto tentador para cualquier autor de novela negra.

Como buen costeño, Badrán creció con ese don singular para “saber echar el cuento”, que se da innato en cualquier calle de las poblaciones caribeñas. De allí que, como él anota, se le haya vuelto una obsesión que sus libros, ante todo, tengan musicalidad y ritmo. Sus obras –como dice– “tienen la necesidad de ser escuchadas y también se pueden leer”.

Y así como lo hizo Mario Mendoza, en silencio y de manera perserverante, Badrán es de esas plumas colombianas que con los años ha ido conformando su “pequeño ejército” de lectores. Ese que hoy, religiosamente, lo sigue a presentaciones literarias, firma de libros o conferencias. Gracias, también, a la docencia, oficio que disfruta y combina con la escritura solitaria.

Sobre su nuevo libro, su amor por el género detectivesco, su pasión por contar historias de manera musical, el papel protagónico de nuestros ríos, a través de los cuales viajan decenas de muertos, y los vasos comunicantes de la política con nuestra violencia habló Badrán con EL TIEMPO.

No podían faltar también los recuerdos nostálgicos por su Mangangué natal, al que en ‘Crímenes de provincia’, como en ninguno otro de sus libros, le rinde un merecido homenaje, por esos años nostálgicos de infancia y juventud. Y la evocación del sabor inolvidable del hígado encebollado, el bollo limpio y suero atollabuey, que trascendieron el gusto para clavarse en la memoria y el corazón.

El libro se enmarca en la novela negra, pero con algunos puntos de giro. El mismo investigador del crimen es el narrador-cronista de la historia. ¿Cómo surgió esa estructura?

Tengo una gran debilidad por la novela policiaca y el cine negro y pienso que estos formatos son adecuados para narrar realidades tan turbias como la nuestra. De allí que el narrador sea una especie de detective que poco a poco va descubriendo las claves del asesinato, pero también revelaciones sobre sus propios orígenes, sobre los cuales se cierne la sombra turbia del senador Maldonado. En ese sentido, busco manejar dos líneas narrativas: la pesquisa sobre el crimen y el pasado del narrador. Al final todo se entrelaza y el lector puede sorprenderse con las revelaciones finales.}


Usted comenta que en Colombia es muy complicado hacer una historia detectivesca al estilo clásico de la novela policíaca. ¿Por qué?

Dentro de las posibilidades del género, se dice que la novela policiaca clásica restituye el orden. Pero eso no sucede en nuestros países donde el Estado es cómplice y perpetrador de crímenes y los funcionarios policiales y judiciales destacan por su corrupción y sus vínculos delincuenciales. De hecho, la novela policiaca resulta ya anacrónica en su formato clásico. De manera que hay que darle la vuelta al asunto y aunque se descubran los culpables siempre hay un manto de impunidad sobre ellos.

Sigamos con el tono de la trama, tan unido a la estructura. Es un libro que rinde tributo la oralidad costeña…

Busco siempre una melodía, un rumor, una música especial en todos mis libros. En El hombre de la cámara mágica, esa intención es más evidente. En Crímenes de provincia siento que el narrador le habla al lector con mucha familiaridad, como si estuvieran conversando en la puerta de la casa. Pero esa oralidad se organiza a través de la escritura y ese tono que tú señalas hace que el libro de alguna manera pueda escucharse.

¿Siente que ese don costeño para narrar ha sido clave en su otra pasión por la docencia?

He trabajado mucho tiempo en la docencia, en facultades de comunicación y literatura, pero también en talleres de escritura creativa. Me apasiona ver el crecimiento de los estudiantes, me pongo al día con sus sensibilidades y supongo que de parte mía hay una seducción, ya sea en la forma o en los contenidos que elijo. Muchos de mis estudiantes son hoy muy buenos escritores o buenos periodistas e incluso me buscan para que sea el primer lector de sus primeras obras.

El lugar donde ocurre la trama es muy simbólico. Pues usted ha comentado que Magangué había aparecido tangencialmente en sus cuentos. ¿Era este el homenaje pendiente a su tierra natal?

Hay una geografía muy precisa en esta novela e incluso datos históricos o personajes que podrían identificarse con Magangué y con las tierras remotas del sur de Bolívar. Pero la ficción ha modificado estas realidades y yo prefiero hablar de Puerto E., como cronotopo literario. Sin duda, las fiestas patronales en honor de la Virgen de la Candelaria son un referente importante en mi novela.

A propósito, ¿qué símbolo encierra el hecho de que el crimen ocurra el durante las fiestas patronales de la Virgen de La Candelaria?

Me interesa contrastar el fervor religioso y el hecho sangriento. Así el asesinato adquiere una dimensión casi apocalíptica. Eso perturba la esperanza de redención en el pueblo porque ni siquiera el poder divino puede impedir la muerte de Horacio Maldonado.

Hablemos de sus nostalgias y de lo que más extraña, por ejemplo, la comida…

El narrador tiene debilidades por el jugo de níspero y Horacio por las arepas de huevo. Pero lo que yo más extraño es un desayuno con hígado encebollado, bollo limpio y suero atollabuey. Eso es un fragmento del paraíso.

¿Siente que era el momento de narrar esos recuerdos que se acumulan desde la distancia del terruño? ¿Ha regresado?

Yo no hablaría de recuerdos distantes. Creo que crímenes como el de Horacio Maldonado se repiten a diario en Colombia. Por eso el pasado no está en el ayer o en un tiempo distante, persiste en el presente, es parte fundamental de lo que uno es, y eso es más que evidente para los novelistas. Yo nunca me he olvidado de estos “crímenes de provincia”, solo que en plena pandemia surgió la obligación de hablar de ellos y de recordar a estos personajes. En cuanto a los viajes, hace algunos años viajé de Magangué a Mompox por el río y evidentemente afloraron viejas sensaciones. Ese viaje, ahora que me lo preguntas, pudo servir como detonante de esta novela.

El río se presenta como un protagonista más de la trama…

El río es como un dios tutelar, una frontera que hay que cruzar para que la trama crezca y se enriquezca. El río no es solamente un paisaje; la novela y los protagonistas corren como el río y éste los purifica, pero también el río es también el cementerio, el depósito de los cadáveres que flotan con un gallinazo parado encima.

Otro fantasma que atraviesa es el encarnado en esos poderes o cacicazgos políticos de nuestra realidad nacional…

Porque siguen estando presentes y gravitan sobre las vidas de muchos colombianos. Hay dictaduras regionales donde las figuras patriarcales siguen dominando territorios y en alianza con múltiples formas de poder siguen ejerciendo la violencia. En la novela, estos poderes demoniacos se manifiestan y truncan el destino de los personajes.

¿A qué atribuye que en las poblaciones colombianas haya una actitud de aceptación sumisa de esos poderes políticos?

Es difícil escapar de esa influencia porque no existen alternativas. El poder se acepta e incluso se desea, porque al estar bajo esa sombra se garantiza la supervivencia. Rodolfo Cuesta, el narrador de esta novela, lo sabe y sus circunstancias personales lo obligan a aceptar esa forma de dominio. Graciela Barrios, en cambio, puede escapar de ese poder o por lo menos alejarse.

Precisamente, en medio de esa atmósfera tan machista, hablemos de sus personajes femeninos de la novela…

Me gustaron estas mujeres, todas tan distintas y sabias a su manera. No puede haber un estereotipo femenino en la literatura, algunas serán más rebeldes y otras un poco sumisas y conformes. Pero en todas ellas hay rasgos de padecimiento y de valentía ante el dolor.

Usted ha comentado que el libro también se sustenta un poco sobre el denominado ‘mito de Saturno’. ¿En qué sentido?

Busco siempre conectar la ficción con algún mito. El mito de Saturno alude a padres que devoran a sus hijos, tal como sucede en esta novela. Eso es un punto de partida, algo que podría enriquecer el proceso de escritura. Pero hace poco un lector me hizo la siguiente observación: no es Saturno, es Agamenón sacrificando a Ifigenia, antes de ir a la guerra de Troya. Y pienso que hay mucha razón en esa lectura, padres que no dudan en sacrificar a sus hijos para obtener ventajas en la guerra o en la política. Algo parecido sucede en mi novela.

El epígrafe reza: “Ahí va el perpetuo demonio que nos rige”. F.A. ¿Qué guiño le hace al lector con esta bienvenida cuando abre las primeras páginas del libro?

El lector tendrá que descubrirlo en las últimas páginas del libro. Y lo más seguro es que advierta la circularidad del libro y que vuelva a empezar porque creo que una segunda lectura pueda ser necesaria para descubrir ciertas claves o esos guiños que tú señalas.

¿Por qué le cautiva tanto el género de la novela negra?

Yo no hago novela negra en un sentido estricto. Me sirvo de sus claves y de su formato para hablar del delirio guerrerista de este país.

¿Cómo nació Ulises Lopera, el detective insignia de sus libros?

Mi detective Ulises Lopera ha sido muy celebrado porque los lectores se identifican de inmediato con su humor y su personalidad. Nació entre guardaespaldas, abogados y personal de la policía y el CTI. Pero ahora es un detective privado y en mi próximo libro de cuentos resolverá otros casos.

¿Seguirá por ese lado o se lanzará a experimentar nuevos caminos?

Por ahora salgo a trotar en las mañanas y pienso en una historia criminal que sucede en el Hotel Bellavista.

Usted ha experimentado la narrativa detectivesca tanto en la novela como el cuento, otro género que quiere y en el que navega con comodidad. ¿Cuál fue su primer cuento?

Mi primer cuento fue ‘Un día después de muerto’. Lo escribí a los 14 años y ganó un concurso colegial. Unos años más tarde escribí otro texto que se llama ‘Los nuevos juegos’ y que es el germen inicial de una novela como ‘El día de la mudanza’. Ese cuento también ganó un concurso en Cartagena y a través de él pude conocer otros amigos escritores con quienes fundé la revista ‘En Tono Menor’, que hace alusión a un poema de Luis Carlos López. Los años que viví en Cartagena fueron de mucho aprendizaje.

A propósito, ¿desde hace cuántos años vive fuera de su tierra?

Hace casi 40 años dejé Cartagena y me instalé en Bogotá que sigue siendo una ciudad maravillosa. He estado fuera de ella algunos meses, pero siento la necesidad de regresar a ella, Bogotá es como una puta vieja y sabia. Le sobra un poco de lluvia, es cierto, pero también le hace falta un río, un verdadero río que la atraviese o la circunde, con su malecón y sus barandales.

¿Siempre supo que sería escritor?

Yo abandoné la carrera de derecho para dedicarme al periodismo y a la literatura. Ya sabía que iba a ser escritor y no he parado desde entonces, ni siquiera cuando comencé a estudiar en la Universidad Libre, como buen costeño recién llegado.

¿A qué horas suele escribir?

No tengo un horario específico a la hora de escribir, todo depende de algunos otros trabajos, pero siempre reservo unas horas para la escritura, bien sea en la mañana o en la tarde. Lo que sí es cierto es que no puedo escribir en la noche, aunque algunas veces lo he hecho en la madrugada.

¿Quién lee sus manuscritos?

Mis manuscritos pasan por muchas manos siempre, entre ellas las de Beatriz, mi compañera, que es una lectora excelente. Siempre tiene observaciones muy precisas.

¿Lee a los autores colombianos?

De los escritores colombianos leo a casi todos pero muy especialmente a Evelio José Rosero, a Octavio Escobar y a Felipe Agudelo Tenorio. Por lo regular uno se conecta con algunos escritores, con otros no existe esa conexión, esa complicidad. Hay escritores que me sorprenden más como relacionistas públicos.

¿Quiénes son sus ídolos literarios?

Los ídolos literarios no son eternos, varían con el tiempo, con las necesidades. Pero siempre he tenido mucha admiración por los poetas del siglo de oro español. Son los que siempre me acompañan en las noches. Admiro a Quevedo, a Góngora y a San Juan de la Cruz. Como novelista, siento admiración por Georges Pérec y recientemente por David Foster Wallace, pero en unos años puedo decir otra cosa e incluso he descubierto que algunos ídolos se desmoronan con el paso del tiempo.

Tomado de El Tiempo

Periodista: CARLOS RESTREPO

Fotografía: Sergio Acero.

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