La Cuarta Via

¿Fracasa legislativamente el cambio social?

En la Cuarta Vía

POLITICAZOS. De Joaquín Romero Calle.

Hoy miércoles, amaneció con la noticia circulando, de que la reforma tributaria, aseguró su aprobación y su tránsito a ley de la República. Dato optimista, que la semana pasada, no existía en el ámbito legislativo colombiano. Nosotros, hemos estado muy a la expectativa e inclinados, a creer, en que no pasaría el tal proyecto, en el Congreso Nacional. Por eso, en una entrevista para radios comunitarias -Pelinkú Stereo, Horizonte Stereo y Popular Stereo- emisoras de esta naturaleza de Galeras, San Luis de Sincé y Betulia, en el Departamento de Sucre, interrogamos al ex Senador Luis Fernando Velasco, consejero para las Regiones, si la reforma pasaba o no pasaba.

Velasco respondió: Pasa porque pasa. Si no, se preguntó él mismo: ¿cómo quedarán los programas sociales de Petro y las iniciativas del Plan Nacional de Desarrollo? Esas, básicamente, eran las preocupaciones nuestras y esencia que buscaba la pregunta. Veíamos naufragar las intenciones de cambio, pregonadas por el gobierno de Gustavo Petro. También le inquirimos, si Colombia, ejerce soberanía sobre su petróleo. En este punto nos dijo, que el petróleo es de Colombia, que las compañías multinacionales, lo explotaban, con fundamento en una concesión, pero, que había que mirar, la efectividad de esa soberanía, si se tenía en cuenta, que el barril de petróleo, lo pagan a 28 dólares y lo venden a 94. ¿Qué talito?

Y ese “margencito” ganancial, es el que defiende César Gaviria. El, es industrial gasífero. Se opone, a que esa astronómica diferencia, sea afectada con algún tributo, con destinación social. No obstante, la mejorada expectativa actual, el trámite de la tal reforma tributaria, ha dejado sentado, el inmenso poder obstructivo del capital. Prácticamente, es invulnerable. Contra él, no llega nada. Ningún impuesto nuevo es posible, porque, ojo, daña la economía; la iniciativa empresarial, la llegada de inversionistas extranjeros y la generación de empleo.

Eso, sumado a la indolencia de los congresistas tradicionales, para quienes, las inquietudes sociales, son meras utopías, que ellos mismos, se encargan de alimentar, pero que no forjan, en la realidad, si no, que se encargan de hacerlas inviables o no materializables. No habíamos escrito en esta semana, pues teníamos contrariado el ánimo: por la actitud de los partidos políticos antiguos, el Liberal y el Conservador. Defensores a ultranza de los privilegios del capital. Esta reforma, que se encamina a que los gravámenes patrimoniales, resulten, verdaderamente significativos, ha contado con la férrea oposición de dichas colectividades. Fíjense, todos los pataleos de Gaviria, el padre del Neoliberalismo en Colombia y el precursor de la legislación en contra del asalariado colombiano.

Y esa actitud de Gaviria, es prácticamente, generalizada en los altos mandos del Partido Liberal. Alfonso Gómez Méndez, crítica en su columna de El Tiempo, que el gobierno, para lograr la aprobación de su reforma tributaria, rinda tributos burocráticos a las colectividades que tienen que votarla. Se lamenta ahí, de la ninguna independencia entre los poderes. Gómez Méndez, es reconocido como directivo liberal, prestigioso abogado y brillante analista político. Y a nombre del Partido Liberal, ha estado encumbrado en altísimas dignidades funcionales de la República. Se queja, de la primacía clientelista -burocracia, mermelada- en la aprobación de leyes.  

Gómez Méndez, se duele de lo mecánico. Del clientelismo, que se disfraza bajo el nombre de gobernabilidad. Y es enemigo de esas prácticas. Eso, podría decirse, que estaría muy bien, exponerlo, como cuestionamiento a la conducta de un partido político de tinte social, inclinado a trabajar, por los menos favorecidos. Pero, qué cosa, Gómez Méndez, se olvida de tocar lo sustancial: impedir recaudo de dineros, para dedicarlos a mejorar vida de inmensos sectores sociales, que sufren en estómago vacío, las inclemencias de la pobreza. Para ese comportamiento antisocial, ni una sola recriminación. ¿Qué talito?

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