Viernes 20 Abril 2018

Es inevitable leer este artículo publicado por El Espectador en el que se describen algunas de las maravillosas cualidades de Mompox y su importancia histórica y cultural que lo hace ser uno de los Pueblos Patrimonio y Distrito Especial de Colombia.

“Mompox no existe. A veces soñamos con ella, pero no existe”

Escrito por María Alejandra Castaño Carmona *

Esas fueron las palabras del Libertador Simón Bolívar a José Palacios en su recorrido hacia Santa Marta, según cuenta Gabriel García Márquez, en “El general en su laberinto”. Mompox hace parte de la red turística de Pueblos Patrimonio.

A orillas del río Magdalena, con inmensas casonas de colores, aromas caribeños, calles empedradas, exquisita gastronomía, historias cantadas y contadas, Mompox enamora a quien pisa su tierra y, pareciera, desaparece en ella.

En las pocas pero largas cuadras de la Ciudad de Dios hay cientos de cuentos de guerras, libertad, amores y desamores. Cómplices de sus costumbres, las ventanas momposinas, exclusivas en su género en Colombia, han sido los únicos testigos del paso del tiempo que pareció detenerse en la región.

Santa Cruz de Mompox fue la primera ciudad del Nuevo Reino de Granada en declarar la independencia absoluta, el 6 de agosto de 1810, tanto de España como de cualquier gobierno. Su historia, rica en anécdotas, personajes y curiosidades, es protagonizada, entre tantos, por el Libertador Simón Bolívar, quien estuvo en la Ciudad Valerosa en ocho ocasiones, con tal importancia que un día afirmó: “Si a Caracas debo la vida, a Mompox debo la gloria”.

La Depresión Momposina es toda una región, un vasto complejo cenagoso, una isla atravesada por varios caños, ciénagas, brazos y ríos. Un lugar mágico y especial donde se respira, se palpita y se saborea la más jugosa piña, el corozo, la guayaba agria, el pescado fresco, la butifarra, los dulces de limón o de tamarindo y el tradicional queso de capa. En Semana Santa también se respira en cada rincón el olor de la palma de vino, que por esta época florece.

El sociólogo barranquillero Orlando Fals Borda, obsesionado con la cultura anfibia de la región, la describió como la capacidad de adaptarse a los recursos naturales que les brinda la tierra y la abundante agua. Mompox, toda una vida alrededor del río, la arteria fluvial que durante siglos fue el eje que comunicó al país y contribuyó a su desarrollo económico y político, y que poco a poco fue perdiendo importancia, pero nunca su magia.

Mompox es para sentir. En el recorrido por las hermosas calles empedradas sobresalen la arquitectura religiosa y sus imponentes y coloridas iglesias, que en total son seis, más una basílica menor del Santísimo Cristo, antes iglesia San Agustín, que develan la más arraigada tradición católica, digna de admirar por creyentes y escépticos.

La iglesia y convento de San Francisco, en la Plaza Sucre; San Juan de Dios, con un campanario en forma de torre y una amplia ventana sobre su puerta principal; Santo Domingo, y la iglesia de Santa Bárbara, una de las más hermosas tanto de día como de noche, con su especial torre, la más significativa de la ciudad, son sólo algunas de las postales que quedan de Mompox, cuyo centro histórico fue declarado Monumento Nacional y Bien de Interés Cultural en 1959, y Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad el 6 de diciembre de 1995.

“Una muestra depurada de la arquitectura colonial española en el Nuevo Mundo”, así describe la Unesco a Mompox, un destino que hay que descubrir por sí mismo, abrir los sentidos, conversar con su gente y perderse entre sus calles. Es para vivir la experiencia, caminar bajo su intenso sol, refrescarse con un granizado de corozo, navegar en sus pequeñas embarcaciones por el Magdalena y, mientras se observan hermosas aves, flores de colores, mariposas amarillas y el despejado cielo azul, imaginar cada una de las historias que los momposinos reviven una y otra vez. “Por Mompox no se pasa, a Mompox se llega…”, es una de sus frases populares, así como “a Mompox se llega y no se quiere volver a salir”.

Otro de los elementos que hacen único a este lugar, que forma parte de la Red Turística de Pueblos Patrimonio de Colombia, es la filigrana o el arte de la paciencia. Gabriel García Márquez hizo famoso este oficio en el mundo en Vivir para contarla, contándonos sobre “el taller de platería donde el abuelo pasaba sus horas mejores fabricando los pescaditos de oro de cuerpo articulado y minúsculos ojos de esmeraldas, que más le daban de gozar que de comer”.

Entrar a los talleres de filigrana, compartir con los jóvenes, adultos, hombres y mujeres que practican este oficio, mientras se transforma el oro o la plata hasta del grosor de un cabello, es una experiencia única y especial. Fabricar una pieza, como un par de pequeños aretes, puede tardar días. El oficio pasa de padres a hijos y de generación en generación.

La casa del Te Deum, hoy hostal de doña Manuela, una casona que hace poco fue restaurada por el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, la cual impacta en su interior, entre otras, por sus jardines y el enorme árbol en la mitad del patio; el cementerio de Mompox, con sus tumbas blancas; el colegio Pinillos, con sus inmensas puertas de madera, ventanas en forja, un amplio patio adornado con palmeras y una réplica del tabernáculo hecha de concreto, son otros de los imperdibles de Mompox.

“Mi vida está pendiente de una rosa, ella es hermosa y aunque tenga espinas, me la voy a llevar a mi ranchito, porque es muy linda mi rosa momposina…”, Del compositor José Barros, la canción que desde pequeña le oí a mi mamá. Este pueblo invita a soñar y recordar. Cae la noche, el realismo mágico no deja de inundar a Mompox, al vaivén de la brisa del Magdalena, caminando por la hermosa albarrada, respirando el olor de las flores, es momento de despertar y seguir soñando.

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