La Cuarta Via

Padre Ubaldo Díaz repitió pluma de Oro de periodismo con “Crónica de un viaje al sur de Bolívar”

En la Cuarta Vía

Por segundo año consecutivo, es el ganador del premio pluma de Oro de periodismo en la categoría de crónica, que se efectúa en  Barrancabermeja( Santander).

El sacerdote Ubaldo Manuel Díaz Diaz, nació en Montería, Córdoba. Actualmente es párroco de la parroquia San Pedro Claver en Barrancabermeja. Comenzó en 2017 su cadena de triunfos como escritor al ganar el premio Nacional de cuento y poesía Ciudad Floridablanca.

Ubaldo Manuel, saca tiempo de su apretada agenda de los compromisos religiosos con la comunidad de la parroquia San Pedro Claver en Barrancabermeja, para asumir el rol de escritor una pasión que heredó influenciado por su padre.

Es importante resaltar que el padre Ubaldo Manuel Díaz, cronista del portal La Cháchara, por segundo año consecutivo, es el ganador del premio pluma de Oro de periodismo en la categoría de crónica, que se efectúa en  Barrancabermeja( Santander).

El primer premio lo ganó el padre Ubaldo Manuel Díaz  con la cónica Él último misionero de Burgos´ y el volvió a repetir  con  la «Crónica de un viaje al sur de Bolívar».

Crónica de un viaje al sur de Bolívar

Por Ubaldo Manuel Díaz*

Son las 5 y 30 de la madrugada. Afuera se escuchan pitos de motos y el sonido deslizante de los primeros carros que pasan raudos rompiendo el silencio de las calles magangueleñas. Ha amanecido. La aurora azulada que muchas veces contemplé, arropan las tierras del cacique Maganguey. Mi pequeño morral que me acompañará está listo desde la noche anterior.

En la radio suena la melodía de Joan Manuel Serrat “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Mi destino: una parroquia en la neurálgica zona del sur de Bolívar, en reemplazo de un sacerdote que oscureció y no amaneció por amenazas en contra de su vida por un grupo armado ilegal. Ayer lo vi cruzar a grandes zancadas las congestionadas calles de Magangué. Un agente de policía caminaba a su lado, joven taciturno de mirada silenciosa que se ha convertido en su sombra, tamborileaba los dedos en la reata de su uniforme oprimiéndole la cintura parecida a un muñeco de año viejo.  El padre me saludó y dijo: – “ahora cómo voy al baño”- señalando a su ahijado, les dicen así por el plan “padrino” asignado por el gobierno nacional a las personas amenazadas. Adicional a esto, les ofrecen celular y un inútil chaleco antibalas. El ahijado seguía silencioso acariciando la pistola Sig Sauer fabricada por los inofensivos suizos que lo libra de todo mal y peligro.

Con el concierto de los primeros pájaros me enfilé hacia el puerto de yati, puerto que comunica a Magangué con Mompox. Tenía que tomar el ferry que me llevaría hasta un punto llamado bodega. A medida que me acercaba, escuchaba el ruido sordo, lejano de ese monstruo metálico pintado de amarillo que eructaba por su fumarola cantidades de humo. Cuando llegué, había partido. Con mirada de impotencia lo vi alejarse mecido por las aguas del magdalena como aquel barquito de papel de la canción de Leonardo Fabio.  Lo había perdido. Dicho Ferry pronto pasará a la historia porque a partir de febrero del 2020 se abrirá el puente roncador, el más largo de Colombia con 2.3 kilómetros de longitud que unirá a Magangué con la depresión momposina. Un vendedor de cosméticos llegaba en ese momento, un hombre de treinta y tres años, con chivera ridícula y cuidadosamente arreglada, parecida a la de Stalin, vestido de pies a cabeza por esas revistas de catálogos.  Me sacó de mi estado de contemplación vociferando: ¡carajo lo perdimos!, encogiéndome de hombros y resignado le contesté: “si, lo perdimos”.

Al otro lado de la calle en un kiosco de palma varios hombres reunidos en un pequeño círculo, reían a carcajadas. El centro de atención era un travesti de ademanes sibaritas que comentaba de como peluquear a un hombre, hasta no sé qué otras diabluras. Por sus movimientos descoordinados noté que estaba amanecido. Desde una casa vecina, un fogón de leña hervía una olla con café que nos embriagaba con su olor.  Observaba al vendedor cotorrear por celular, seguramente con su jefe, explicándole que no había alcanzado el ferry, que no era su culpa y que por eso las visitas a los clientes se atrasaría. Cuando cortó la comunicación se hizo un silencio. Sin preguntar mi aprobación prorrumpió en insultos: – ¡malditos jefes, nunca lo comprenden a uno! -. Un pájaro surcó el firmamento como un obús y se clavó en las negras y turbulentas aguas del río.

El vendedor se arreglaba la chivera que se le había desordenado por el insulto imaginario. Más calmado casi que en desahogo comentó que iba de Sincelejo hacia Mompox. Ahora había que esperar que una canoa nos transportara al otro lado.  En esa espera estábamos cuando comenzaron a llegar unos soldados al kiosco donde el travesti, en actitud seria se cuadró y los saludó militarmente. Uno de ellos traía sobre su morral de campaña un loro y un radio.

En este último se escuchaba la voz mal sintonizada de un locutor bogotano que despotricaba sobre el naciente acuerdo de paz. Yo seguía mirando correr las turbias aguas y esperando que el pájaro emergiera. Uno de los soldados se sentó en la mesa y ordenó un caldo con cabeza de bagre. Entre cucharada y cucharada su aspecto físico cambiaba de pálido a verdusco, los efectos de esa bomba de calorías lo fulminaron. Cayo de bruces sobre la mesa. Un hombre aindiado seguramente el dueño del restaurante le gritó a su compañero: -¡llama al coronel que este man se está muriendo! –  El otro militar entre aturdido y temeroso no sabía qué hacer. El travesti fuera de control con las manos sobre la cabeza gritaba y corría de un lado a otro, varias personas le quitaron la camisa, las botas, al azulado militar abatido por el voltaje de la cabeza de bagre.

Una mujer con cuerpo de foca, de lentes bifocales entró solemnemente en escena vociferando: ¡que viva Colombia carajo!! -Mientras unos se ganan 30 millones en el congreso, a estos pobres les toca colocarle pecho al monte- El radio yacía en el piso.  El locutor capitalino en una interminable jerga como la del loro vociferaba que había que hacer trizas no sé qué cosas. La dama de los lentes seguía despotricando en contra de los políticos.  El héroe de la patria era llevado en hombros a un destartalado carro que hizo las veces de ambulancia hacía el hospital más cercano. El hombre aindiado lanzó su nuevo oráculo: – “a Magangué no lo lleven porque esa mierda allá está en paro”-. Fueron sus últimas palabras porque el magullado galón partía en esa cálida mañana con el héroe bicentenario abatido.  Abatido por una cabeza de bagre.

Había transcurrido una hora desde el suceso del militar y la canoa aún no tenía el cupo para salir. El chalupero sacaba del motor un líquido amarillento como bilis que destilaba sobre las aguas. Su ayudante un hombre escuálido, enfundado en una camiseta deportiva de color rojo donde sobresalía un escudo con un diablo pintado, conspiraba secretamente con otro escudriñándonos con la mirada de arriba abajo para ver que clase de marrano iban a comer ese día. ¡Me llamó aparte y como si en esa frase estuviera contenido el secreto que salvaría al mundo susurró -! cuánto nos dan y los pasamos ya al otro lado! – Yo miré a mi compañero de viaje que sin inmutarse dijo: – ¡no gracias! -, mejor esperamos, yo los conozco a ustedes! – Su rostro se enrojeció como su camiseta. Refunfuñando se alejó filosofando sobre la tacañería, buscando la aprobación de sus compinches que también querían participar de la chicharronada.

Trascurrió media hora más y al fin salimos en una enorme canoa impulsada por 40 caballos de fuerza que rompía pausadamente el Magdalena. Navegábamos a cinco holómetros por hora. En ese trayecto nadie se dirigió la palabra, solo se escuchaba el ronroneo del fuera de borda y uno que otro parroquiano insultando a otro por celular. Observé que los que hablaron en ese trayecto fungían o mejor, chicaneaban a ser jefes, gerentes. Siempre dando órdenes. Jamás se escuchó, la frase. “Si señor, como usted diga”.

Los hombres que nos esperaban al otro lado en la estación bodega abordaron como corsarios la enorme canoa ofreciendo toda clase de servicios: desde moto taxis hasta la famosa tortilla de huevo.  El sol empezaba a caer como plomo sobre mis espaldas. Arribé a Mompox patrimonio histórico y cultural de la humanidad. Ahí pernocté. Por la tarde recorrí sus coloniales calles, el tiempo se había detenido. En el portal de la marquesa dos abuelos parlaban sentados en mecedoras mientras caía la tarde.  Por una buhardilla mire con curiosidad la habitación donde el libertador hizo siesta con Manuelita Sáenz.

A pie juntillas entré al convento de San Agustín, otrora regido por los curas dominicos; varias personas permanecían en silencio sentadas contemplando un cristo agonizante parecido al de la pintura de Goya, en una banca reposaba el libro de las confesiones del obispo de Hipona, lo abrí justo en la página donde estaba escrito. “Tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé, yo te buscaba fuera y tu estabas dentro de mí.”. La tenue brisa que se filtraba por la ventana proveniente de la albarrada nos acariciaba, comprendí que era una caricia de Dios en medio de ese infernal calor de la depresión momposina. Una abuela permanecía de hinojos en un susurro ininteligible mezclando el latín y el castellano de cervantes mirando fijamente el Cristo de Goya; pasaba por sus nudosos dedos las pepas de una camándula. Emulando ese estado de recogimiento cerré los ojos y pensé en los coloquios del hijo de Santa Mónica.

A la mañana siguiente salí bajo una tenue llovizna.  Perdido en medio de la nada y metido entre lodazales le pregunté a un baquiano.

– ¿A cuánto tiempo está el banco Magdalena? –  -a 15 leguas- – respondió –

– ¿Y cuánto es 15 leguas? -Volví a preguntarle-.

Se quedó mirándome y esbozando una amplia sonrisa donde fulguraba un diente de platino contestó:

¡A 10 tabacos!

Arribé al terruño del maestro José Barros bajo un diluvio universal, irreconocible por el barro que llevaba encima. Desde una fonda un conjunto de gaitas y tambores animaban la lluviosa mañana.

Un diminuto hombre parecido a un muñeco de cera, con pequeños cráteres en su rostro producto de un acné juvenil, personaje sacado de un cuento de Dickens. Luchaba y cavaba en medio de un pantano sacando un camión marca Kodiak sumergido completamente. El conductor, hombre de barriga prominente sudaba copiosamente, acelerando continuamente el motor diesel.

El camión se hundía cada vez más. Se bajó y dijo airado: -y así quieren que votemos por ellos-. Pensé: definitivamente no ha sido el mejor día para los políticos. El hombre del cuento de Dickens le daba órdenes a su secretaria, una cachorra fornida de piel cetrina llamada Marta, con el cabello recogido por una gorra de los yankees que con libreta en mano anotaba la placa de los carros. Después de titánicos 40 minutos, el camión pudo salir. El diminuto hombre se zambulló en las oscuras aguas para lavarse. El radar como se llamaba el ferry partió silencioso. Marta le entregaba al muñeco de cera el producido del día. El diminuto hombre con ojos codiciosos como forajido contaba presuroso billetes y monedas. La secretaria se alejó al otro extremo mascullando entre dientes – ¡avaro de mierda ¡-. Exhausto me tendí sobre la enorme cubierta mirar un jet plateado, fulgurante como una hoja de cuchillo cruzar el cielo azul magdalenense. La secretaria alistaba una motobomba para succionar el agua que inundaba el aparato.

– ¿Marta, ya te celebraron el día? –

– ¿Qué día? –¿qué día es hoy? preguntó sin mirarme y sin dejar de arreglar la motobomba.

-El día de la secretaria. – le dije-.

-Para nada, hoy todo es trabajo-. – murmuró.

– “el día de la secretaria es todos los días” intervino el diminuto hombre justificando su olvido; y en actitud juguetona parecido a un delfín salía y entraba de las oscuras aguas.

El “radar” era el nombre donde Marta era secretaria. Cuando leí “radar” pensé en un dispositivo satelital GPS. Le pregunté al muñeco de cera que ya había salido del agua completamente humedecido y devorar un pescadito con un pedazo de yuca.

. ¿Por qué el nombre de radar? –

Sin decir nada colocó su diminuto cuerpo tapando la letra R y con el léxico de un optómetra dijo en la distancia: lea. – ¿Qué dice ahora? – Me incorporé y leí en voz alta: Rada.  El muñeco sonrió: -se llama “radar” porque nosotros somos de apellido rada-. Este ferry es de mi hermano y yo, señaló a un mastodonte, sin camisa, calzado con botas industriales capitaneando el timón de manera magistral. Cuando tocamos tierra le dije a Marta: -feliz día de la secretaria-. Tal vez no me escuchó porque ya se había iniciado el tableteo de la motobomba que succionaba el agua con una gruesa y estriada manguera parecida a la trompa de un elefante.

Sacerdote. Premio de periodismo pluma de Oro 2018 . 2019

Tomado de http://lachachara.org

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